«¿Sabes qué me acabo de acordar? Que nos tiraban, así como que abrían la puerta y tiraban, en el suelo, un plato de porotos, y quedaba en el suelo. Y que era un plato con porotos que teníamos que compartir entre las dos que, la verdad, es que, no sé, creo que muy pocas veces comimos. Eran de esos de metal. Yo con la compañera que estaba, como que no nos atrevíamos ni a tomarlo y me acuerdo haber comido algo desde ahí, desde el suelo. Eran unos porotos horribles, sin sabor a nada, medios duros y que eso era lo que nos daban de comida al día.
(…) Ahora no tengo problemas, puedo comer porque, además, eran porotos que no tenían nada, eran porotos no más po, eran como porotos cocidos o a medio cocer eran una porquería.»