«Para nosotros fueron como petrodólares. Los cuescos de palta y el tallado en huesos se inició en Valparaíso con la participación de un compañero obrero, autodidacta, campesino, anarquista, un tipo maravilloso que, desgraciadamente, nos dejó: José Valle, el macabro. Pirquinero, también, por lo demás. Este era un ‘puta madre’, el ‘Pepe’ Valle. Conozco muy bien a su familia, ellos me quieren. Era un ‘puta madre’, un aventurero de la vida. Tenía hijas, hijos regados por todos lados y tenía más de alguna mujer que lo iba a ver a la cárcel. Y él tenía que, de algún modo, tratar de mantenerlos en esas condiciones tan difíciles, aportarles. Entonces lo que él sabía hacer era artesanía. Entonces empezó a pedir huesos. Las mujeres le llevaban huesos y cuescos de palta porque era verano. Y él empezó a hacer sus trabajos, a comercializarlos y fue un buen producto de venta que nosotros aprendimos a realizar. Con los años, la ONG del exterior, comité de ayuda a nosotros, con la participación de la Vicaría de la Solidaridad, ya se hizo más oficial todos los trabajos que hacíamos al interior de los campos de concentración o de las cárceles. Hablo de otro tipo de artesanía más grande: lana, calzado, repujado en cobre y estas cosas tan pequeñitas, digamos, que fueron tan significativas para nosotros. Algún trabajo menor haciendo anillos, qué sé yo. Esas son las pocas cosas que recuerdo yo.
(…) El cuesco de palta era nuestra moneda. Las viejitas nuestras, las parejas, las pololas salían a venderlos. Las carteras. Con quien yo me casé, ella nos vendía nuestros productos. Hubo compañeros zapateros que lograron salir adelante, tenían familias numerosas. Eran periodos duros. Era una forma básica de sobrellevar los gastos. Piensen ustedes que en diferentes cárceles del país hubo compañeros que eran de otras ciudades. En Valparaíso, los primeros meses, había gente de Concepción, de Coronel, de Iquique. Imagínate el esfuerzo.»