«Una vuelta, sin ponerse de acuerdo, reclamamos contra la comida, contra el ‘rancho’. Fuimos a almorzar, hacer fila, recibíamos la bandeja. La misma bandeja que había antes en los colegios, que era esta bandeja celeste con los espacios, el posillo para la sopa y el jarro para el té. Y nos dieron la comida, salíamos, botábamos la comida en un tacho, devolvíamos la bandeja, quedábamos con el té y el pan. Y eso nos significó castigo. Nos hicieron formar, creo que tuvimos que desnudarnos o por lo menos quedar en calzoncillos, y nos hicieron trotar por alrededor del campo, del patio que era como una cancha de fútbol, más o menos, a pies descalzos. Había piedras, espinas, todo tipo de cosas. Después de varias vueltas y que nos iban golpeando, como para apurarnos, qué sé yo, nos hicieron revolcarnos en la tierra y de ahí a las mediaguas donde nos tenían, que eran mediaguas unidas en forma de U. Eran como veintitantas mediaguas que les decían cabañas y ahí estábamos de doce por mediagua. Como eran de dos piezas, había tres camarotes dobles en una y los otros tres en la otra. Y, ahí, hasta el día siguiente que pudimos salir y limpiarnos bien y refrescarnos un poco, porque agua tampoco había.»